La amenaza fantasma #socialmedia
Por Alberto Cagigas, director de Castilla y León Económica
Como periodista, considero que lo mejor que le ha pasado a nuestra profesión desde que Gutenberg inventó la imprenta moderna, allá por el siglo XV, ha sido la eclosión de Internet y su posterior desarrollo en la Web 2.0. Es lo que siempre hemos soñado: inmediatez de la información, relación directa con nuestros lectores y una difusión que a través de los internautas puede llegar a ser “hasta el infinito y más allá”, en vez del límite impuesto por los medios de comunicación tradicionales, restringido a las audiencias y al número de lectores.
Con las redes sociales también se ha abierto el antes limitado espacio de opinión en los medios de comunicación al surgir blogueros en todos los campos del saber. Aquí, como en botica, hay de todo -también en los periódicos-, y cada uno es muy libre de escoger los ‘cuadernos de bitácora’ que le interesan según la calidad de sus contenidos. Lo cierto es que en la red 2.0 he podido leer los mejores análisis sobre la evolución de la Bolsa o sobre la actual crisis económica, pero también las mayores chorradas.
Como profesional de la información, con la progresiva implantación de las redes sociales también he descubierto que los medios de comunicación tenemos dos públicos totalmente diferentes y que son incapaces de mezclarse, al menos de momento, al igual que el agua con el aceite. Por una parte, están los lectores de más de 45 años que sólo quieren la revista en papel, les gusta pasar las páginas, disfrutar con el olor de la tinta de las hojas -a mí me pasa con las ediciones cuidadas de los libros- y ver las fotos a color. Este colectivo no quiere saber nada de ‘tabletas’ -a no ser que sean de chocolate-, ni de pantallas ni de cachivaches tecnológicos. Y por otra parte, tenemos a unos lectores jóvenes que les pasa justo lo contrario, sólo quieren recibir noticias a través de la web. Incluso alguno me ha llegado a decir que se informa exclusivamente en las redes sociales, porque así se entera enseguida de los temas que más le atraen a través de sus grupos de interés, que son los que hacen el filtro de las noticias. Como medio de comunicación, hay que atender la demanda de ambos públicos. Otra cuestión es buscar la rentabilidad para los dos soportes.
Con los periodistas ocurre lo mismo. Unos, los más mayores y recalcitrantes, rechazan las redes sociales al considerarlas casi un ataque personal contra su profesionalidad; y otros, los más, las utilizan para aumentar su influencia en el disputado sector mediático. Recuerdo que uno de los primeros impulsores de los diarios digitales en España me comentó que tuvo que pedir autorización a su director para trasladar la redacción ‘on line’ lejos de las tradicionales secciones del periódico porque los periodistas veteranos no dejaban de insmicuirse en su trabajo con frases como: “esto no lo puedes publicar hasta mañana”, “este titular es muy sensacionalista”, “cómo se te ocurre dar esa noticia, parecemos un periódico basura”, … Lo que no querían ver esos vetustos plumillas, y algunos todavía no ven, es que el periodismo 2.0, aún teniendo las bases de toda la vida de esta santa profesión, requiere de un lenguaje nuevo, una presentación innovadora y unos temas que, esta vez sí, vienen priorizados por los propios lectores en secciones como ‘Lo más leído’.
Por eso, las redes sociales no son una amenaza para los periodistas ni para los medios de comunicación, sino una herramienta de trabajo que ni en nuestros mejores sueños habríamos imaginado.




